Amsterdam, ago 29 (SF).- Los Países Bajos son uno de los pocos lugares en el mundo donde la prostitución es un oficio del todo legal, y ya desde el año 2000. No obstante, las trabajadoras sexuales, a pesar de pagar impuestos y estar registradas en la Cámara de Comercio, todavía no consiguen sentirse como cualquier otro empleado, pues se ven discriminadas al ocuparse de un una “labor de riesgo y estigmatizada”, escribe el periódico ‘El País’.

Esa situación pretende ser cambiada en Ámsterdam, la capital holandesa, por un primer burdel administrado por las propias prostitutas. El establecimiento, llamado My Red Light (Mi luz roja), abrió sus puertas hace tres meses y, al igual que muchos otros establecimientos similares en el ‘Distrito de las Luces Rojas’, ofrece sus servicios a través de ventanales: 13 disponibles por la noche y de tres a cuatro en el día.

“Llevará tiempo, pero deseamos que el proyecto, inédito en el mundo, sirva para emancipar y empoderar a las mujeres, como también a transexuales y hombres, que ejercen [el oficio] voluntariamente”, comenta al diario español la portavoz del burdel, Justine le Clercq, artista y escritora de 50 años, que en su juventud se dedicaba a la prostitución para, confiesa, poder comprar drogas.

Le Clercq especifica que no es un burdel municipal y que las prostitutas pagan la renta del local a una fundación independiente, que compró el edificio con ingresos propios. La mujer hace hincapié que My Red Light tampoco recibe subsidios. El objetivo del proyecto, sostiene, es crear “una comunidad donde las trabajadoras del sexo [unas 40] se sientan seguras al formar parte de la dirección”.

La mujer también afirma que las propias prostitutas escogieron la decoración del local y decidieron, por ejemplo, utilizar linóleo en vez de baldosas; de la misma manera en que establecieron los precios: las tarifas comienzan en 50 euros por media hora, como cuota mínima.

“Comprendo que resulte difícil entender que alguien elija esta profesión. Pero no todas las prostitutas son víctimas”, afirma le Clercq, y asegura que en Holanda es mayor el ‘tráfico de personas’ en la industria de las flores, en los invernaderos o en la construcción. “El problema es que no pueden defender sus derechos por sí mismas. Si salimos adelante, marcaremos la diferencia”, espera la mujer.

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