Mila «el agradecimiento perrificado” (RELATO)

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Sin Fronteras, feb 19.- El timbre del teléfono fue lo que me despertó esa mañana. Del otro lado de la línea la voz de la persona que tenía la vida de Mila en sus manos.

-Aló, Rocío? Eso escuché cuando, entre abriendo los ojos y viendo el nombre que me presentaba mi aparato móvil, el corazón me dio un brinco.

Todo comenzó en una noche de mayo. Salíamos en familia del cine. No importa cual filme fuimos a ver ni a dónde; lo trascendental de esa noche pasaría horas después, casi entrando la madrugada.

De visita en el país estaban los padres de Aylín, deslumbrados ante casi todo, como la mayoría de los cubanos que salen por primera vez de la isla, teniendo ya mas de 50 años de edad.

Íbamos por una calle cualquiera del ensanche Evaristo Morales. Era entrada la noche y llovía torrencialmente. Tratábamos de llegar a casa antes de que la lluvia fuera tan fuerte que nos impidiera ver el trayecto. Debatíamos sobre la peli cuando un frenazo en seco nos hizo reaccionar a todos y caer en la realidad externa.

Era una calle boscosa e inhóspita. Y en medio de la vía apareció ella, sólo visible por las luces del vehículo que se reflejaban en el pelaje que alguna vez debió ser blanco. En su cuello colgaba una cinta roja.

-¡Señores, que alguien la recoja?, gritó Aylin entre sorprendida y nerviosa.

Todo sucedió tan rápido que sus padres, hermana, cuñado y yo quedamos atónitos. Ella misma puso la palanca del vehículo en “parking”, se bajó, y la colocó en el baúl.

No estaba muerta, no… más que del frío que hacía esa noche y del miedo a las personas desconocidas. Se veía que había sufrido, que la vida, la calle o sus anteriores dueños la habían maltratado. Por un instante pensamos que se había escapado de algún hogar cercano y dimos varias vueltas por la zona esperando encontrar alguien que la reclamara.

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Al no encontrar nadie en su espera, y reparar un instante en lo desarreglado que estaba su pelo, el hedor que salía de su diminuto cuerpo y que estaba llena de bichos, entendimos que era una perrita abandonada y debíamos rescatarla.

Creo que debimos haber llegado a casa pasada la una de la madrugada. A esa hora, y sin pensarlo dos veces, Isabel, la madre de Aylin y Mimi, quien es una amante empedernida de los animales, cargó al animalito, lo puso en el lavadero y comenzó a tumbarle el pelaje.

Tanto era el enredo que tenía que fueron necesarias casi dos horas para semi pelarla por completo. Los nudos no eran su único problema. Estaba repleta de garrapatas.

Las caídas de Aylín
A Aylin la conozco hace más de 10 años, cuando estábamos en preuniversitario. Mejor dicho, yo cursaba ya el primer año de periodismo y ella se preparaba para comenzar la carrera al año siguiente.

En su sala de estudios coincidió con mi pareja de entonces, y por esa referencia de un tercero comenzamos a comunicarnos. Aunque no fue realmente hasta el 2004 que ya coincidíamos en tiempo y espacio universitario.

Muchas cosas pasaron en la vida de cada una en esos cinco años de estudios. Resumiendo. Cada vez nos llevamos mejor hasta que en algún momento decidimos cambiar de ciudad (vivíamos en Santiago de Cuba y nos mudamos a La Habana, la capital, el lugar que entendíamos iba a ser el mejor para ejercer como periodistas en Cuba) rentarnos juntas, y dividir gastos.

Una década después, muchos han sido los momentos importantes, alegrías, lágrimas y tensiones compartidas.

Aylin vivía en el suelo. A pesar de su pequeña estatura -unos 5’1- tiene los pies grandes, como si hubiese podido crecer más. No obstante, son épicas sus caídas en disimiles lugares y circunstancias, muchas veces sin motivo aparente; caídas de sus propios pies. Tanto así que en la familia siempre se ha bromeado con quién pudo haberle hecho una promesa a San Lázaro en su nombre y no la cumplió.

San Lázaro es el santo que según los patakines te ayuda a avanzar. El viejito con los pies llenos de llagas que se apoya en su bordón y varios perros lo protegen y guían.

Cuando recordé la imagen de Aylin rescatando a la perrita lo primero que me llegó a la mente fue San Lázaro, como si ese momento no hubiese sido una mera coincidencia. Casualidad o no, lo cierto es que en el tiempo estuvo el animalito en casa nunca más se volvió a caer.

Mila
Pasaron varios días desde el rescate y ya habíamos anunciado varias veces sobre la perrita en un programa de radio que tenemos junto a Susie, una amiga. Nadie aparecía. A nadie parecía dolerle su ausencia. Recurrimos a varias organizaciones de rescate animal, y nada. Todo esfuerzo fue en vano.

Mientras, cuidábamos de ella como si ya fuera nuestra. Todos los días la bañábamos hasta dos veces y nos turnábamos para sacarles las indeseables garrapatas. Horas y horas en eso. Era algo realmente desagradable pero la cachorra, que a esa altura no teníamos ni idea de su edad, se portaba demasiado bien.

Ella estaba viva de milagro. También yo sentía que había venido como un milagro para la vida de Aylin. Fue entonces que se me ocurrió ponerle MILA, la milagrosa.

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Los avatares de la calle la habían dejado ciega. Nunca vamos a saber si era un mal congénito o por algún palazo o pelea callejera había quedado completamente ciega de un ojo, y casi total del otro.

[quote_box_center]Lo cierto es que Mila desbordaba cariño. Me gusta decir que es el “agradecimiento perrificado”.[/quote_box_center]

Aun sin perder la esperanza de encontrarle un buen hogar, y hasta valorando enviarla a casa de nuestra familia en Cuba, o de unas amistades en el valle de Constanza, seguíamos cuidando de ella. Luchando en las distancias cortas con nuestros corazones para no encariñarnos demasiado.

Esa fue una batalla perdida. Mila se robó nuestros corazones desde el primer día.

El veterinario nos decía que, según su dentadura, debía tener unos dos años de edad y que probablemente nunca había dado a luz.

Tenía costumbres. Sabía comer “bolitas” aunque por eso no dejaba de tragar cuanta carne o huesos le pasara por delante.

Su pelo nuevo comenzó a crecer y su pequeño cuerpo a engordar. Era una puddle blanca. El cariño mutuo fue creciendo; tanto, que cada noche nos esperaba tras la reja de entrada a la casa, en silencio, siempre a la misma hora. Permanecía así hasta que el movimiento de las llaves le permitía identificar quién había llegado.

Ahí comenzaba la danza de alegría, los jadeos y vueltas en círculos de Mila, la milagrosa.

Definiría a Mila como un ser cariñoso, noble y agradecido. Perspicaz y orientada como si toda las vida hubiese tenido problemas visuales. Alegre y divertida, a pesar de sus limitaciones. Comilona y sedienta, y un poco torpe también.

La verdadera “madre”

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Mimi y Mila

Fue difícil adaptarse a las madrugadas con ella. Sus ronquidos superaban a los de cualquier hombre… y hasta mujer, que conozco algunas que no tienen nada que “envidiarles” a los más rudos.

¡Tic, tic tic, tic! Así sonaban sus pezuñas contra el piso, toda la noche, mientras ella se paseaba de cuarto en cuarto, hasta que ya no aguantábamos más el molestoso ruido y la sacábamos.
Pasaban los meses y tampoco aprendía el sitio para hacer sus necesidades.

Sin embargo, Mimi no perdía las esperanzas y trataba de enseñarle. Ellas pasaban muchas horas juntas. Mientras trabajaba en el periódico familiar, Mila la acompañaba en un lateral. Cuando cocinaba, ese sitio de elaboración se convertía en su lugar preferido de la casa.

Mila orinaba y Mimi limpiaba. Tenia hambre y era quien más frecuentemente le daba comida. Con Mimi, Mila tenía garantizado su baño interdiario. Ella era quien más tiempo le dedicaba pues nosotras trabajábamos fuera durante todo el día.

En poco tiempo Mimi se convirtió en la verdadera madre de nuestro ya adorado “cilindro con patas”.

Los dos últimos días de esa semana Mila era otra. De las cualidades mencionadas solo le quedaba la sed desmedida y la torpeza al caminar, más parecida a desorientación, que otra cosa.
Cada tarde antes de sus ejercicios, Alejandro la hacía retozar. En esos días Mila no quería jugar. Estaba enferma.

Mimi me pedía: -Chio, no dejes de llevarla al doctor!… Claro que la llevé.

La pobre Milita había perdido muchas libras en par de días. Tan cansada estaba que el agua la bebía acostada.

La llamada
La llevé al médico. Le di su cariñito acostumbrado, le hice una foto y me fui.

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El doctor me dijo que no me preocupara que harían todo lo que estuviera en sus manos. La tarde pasó y cuando nos comunicamos me aseguró que le había suministrado un tratamiento, vitaminas y algo más. Que su ánimo había mejorado.

En casa todos estábamos preocupados y extrañándola. Especulando con qué estaría haciendo, si ya habría comenzado a roncar. Sólo esperábamos el amanecer para ir a buscarla.
Fue entonces cuando el 17 de febrero comenzó con aquella fatídica llamada.
-Aló, Rocío?
-Sí. Dime a ver Edwin!
-No te tengo buenas noticias. Mila no sobrepasó la noche. Lo siento mucho!, me decía el veterinario mientras respetaba mi silencio del otro lado de la línea. Habíamos quedado estupefactas. Mimi de una vez desató a llorar.

Ahora nos queda un vacío enorme. Le falta algo a la casa. Nuestras dos gatas corren de un lado para el otro, como buscando a su “prima”. Igual le pasará a su mejor y única amiga, Sophy, la diminuta, hiperactiva y extremadamente cariñosa perrita de nuestra amiga Susie.

En los nueve meses que Mila estuvo en casa lo revolucionó todo. Se hizo el centro de nuestra atención. Fue parte de nuestra familia.

Mi pensamiento se divide en dos. Por un lado la frustración por no haberla recogido esa noche pues la clínica cerraba más temprano que mi horario de trabajo. Realmente el doctor había recomendado que durmiera allá pero la idea de que sus últimos minutos fueron en un centro de salud animal me “come” el cerebro.

Por otro lado, me queda la sensación de satisfacción por haber hecho un bien. Muy probablemente Mila moriría aquella noche de mayo; sin embargo, le dimos todo nuestro amor, un hogar, el calor de una familia.

Nunca sabremos si murió intoxicada por algún químico con el que haya tenido contacto o por alguna otra razón. Lo que sí es cierto es que Mila ya forma parte de nuestra historia familiar.

Y mientras nos acostumbramos a la idea de que ya no estará, le deseo con todas las fuerzas de mi corazón que sea feliz donde quiera que esté, y que se ponga en “contacto” con San Lázaro a fin de que, desde el “cielo”, siga guiando los pies de Aylin y de todos nosotros, para alcanzar todos nuestros objetivos, físicos y mentales.
¡Feliz viaje y descansa en paz, Milita!

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