Agencias, mar 4 (SF).- Alexandra Andresen, noruega de 19 años, se convirtió esta semana en la mujer más joven en formar parte de la lista de billonarios del mundo gracias a su fortuna de 1.2 mil millones de dólares, de acuerdo con el estimativo de la revista Forbes.

[quote_box_center]A sus 19 años, su fortuna asciende a 1.200 millones de dólares después de que su padre Johan F. Andresen le dejara el 42% de la compañía Ferd, tabacalera fundada por su tatarabuelo en 1778.[/quote_box_center]

[quote_box_center]Tanto Alexandra como su hermana, Katharina, de 20, figuran en la lista de Forbes, pero la joven amazona se llevó el título como la más acaudalada, informó el sitio Telegraph.[/quote_box_center]

“Yo ahorro todo el tiempo. Siempre lo he hecho. Ahorro de mi cuota semanal y ahorro los premios en dinero que gano o lo que me regalan por mi cumpleaños. Eso significa que me puedo comprar lo que quiera, como una cartera o un par de zapatos, sin perdirle plata a mamá o a papá”, explicó la chica.

Cortesía: Instagram
Cortesía: Instagram

[pull_quote_center]Su hermana Katharina es igual de rica que Alexandra , pero es un año mayor que ella.[/pull_quote_center]

Recién en 2016 Forbes las incluyó en la lista de las 30 personas menores de 40 más ricas del planeta, pues Noruega publica los ingresos de sus ciudadanos cuando cumplen 17 años.

Pero ambas son multimillonarias desde antes de entrar a la adolescencia.

[quote_box_center]Mientras tanto, Katharina vive en Oslo y está abocada a la filantropía, como gran parte de su familia. “Hay pros y contras de tener la familia que tengo. Hay mucha presión y preguntas incómodas, nuestro nombre está tan asociado con el dinero que es incómodo”, convino la mayor de las Andresen.[/quote_box_center]

El padre de las chicas, Johan H. Andresen, les heredó el 80 por ciento de la fortuna familiar en 2007, dos años después de que el clan se desprendiera de la empresa de tabaco que los hizo millonarios por un precio de 500 millones de dólares.

Sin embargo, el padre de las Andresen no pierde de vista la necesidad de enseñarle a sus hijas a ser medidas, por lo que además de enviarlas a un colegio público en Oslo las obliga a comprarse autos de segunda mano.

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