Londres, Inglaterra (SF).- Las personas de baja estatura corren más riesgos de enfermedades cardiacas ya que los genes que gobiernan la estatura también afectan el colesterol, especialmente en los hombres, afirman investigadores.

El nuevo estudio observó los genes, un factor presente desde el nacimiento. Se sabe que unas 180 variaciones genéticas afectan la estatura.

El doctor Nilesh Samani, de la Universidad de Leicester en Inglaterra, recolectó información de investigadores alrededor del mundo sobre 65 mil personas con riesgos conocidos de males cardiacos (dos terceras partes de ellos ya habían sufrido un ataque cardiaco) y un grupo de comparación de cerca de 128 mil sujetos.

Primero, los investigadores verificaron que la estatura influyó en alguna forma: El riesgo de un padecimiento de la arteria coronaria (arterias congestionadas) se elevó 13.5 por ciento con la disminución de cada 6.5 centímetros (cerca de 2.5 pulgadas) de altura.

Estudiando 12 factores de riesgo, encontraron que dos estaban relacionados a los genes que regulan la altura: LDL o colesterol dañino y triglicéridos, otro tipo de grasa en la sangre.

El mensaje, de acuerdo al doctor James Stein, cardiólogo preventivo en la Universidad de Wisconsin en Madison, es que “las personas de muy baja estatura deberían ser más cuidadosas con su estilo de vida y controlar sus factores de riesgo”.

Una teoría que podría explicar la desventaja de las personas de baja estatura es que éstas tienen arterias más pequeñas, así que se necesita menos grasa para congestionarlas.

Pero los investigadores aseguran que esa no puede ser la única explicación. Las mujeres tienen arterias más pequeñas que los hombres, sin embargo, al analizar los resultados del estudio por género, la estatura estuvo claramente relacionada a problemas cardiacos exclusivamente en los varones. Sin embargo, hubo menos mujeres con males cardiacos en el estudio, por lo que eso pudo dificultar encontrar una causa posible.

El estudio fue publicado el miércoles en la versión web del New England Journal of Medicine. La Fundación Cardiaca Británica y otros grupos de salud financiaron la investigación.

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